La dermatitis atópica, o eczema atópico, es la expresión cutánea de la atopia, una condición hereditaria que también engloba procesos como la rinitis y conjuntivitis alérgicas y el asma bronquial. La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria de la piel, muchas veces de evolución crónica o recidivante, cuyo síntoma fundamental es el picor o prurito intenso, que induce al rascado continuo, por lo que se produce el eczema que, con frecuencia, se sobreinfecta por gérmenes, como el estafilococo, con lo cual se agravan más las lesiones cutáneas.

Es la enfermedad dermatológica más frecuente en la infancia, y suele atenuarse con la edad, aunque puede persistir en la edad adulta, o incluso aparecer de novo en el adulto. En la dermatitis atópica del lactante, los eczemas suelen ser más agudos y localizados en la cara y parte dorsal de las extremidades. Puede existir afectación labial, empeorada muchas veces por el chupeteo y la humedad constante de la zona. Con frecuencia son niños hiperactivos. A partir de los dos años de edad, las lesiones suelen hacerse más crónicas, con engrosamiento de la piel por el rascado frecuente, con tendencia a localizarse en las zonas flexoras de los miembros (codos, rodillas,  muñecas…).

No existe una terapia curativa para la dermatitis atópica, pero sí se pueden controlar y prevenir los brotes. Dado que la piel atópica es una piel muy sensible y reactiva, más seca de lo normal, que desarrolla eczemas con facilidad, su tratamiento debe englobar tres aspectos importantes: mantener la piel bien hidratada, eliminar o disminuir los factores desencadenantes y, realizar, cuando sea preciso, un tratamiento médico dermatológico adecuado sin abusar de los corticoides, con cremas antiinflamatorias y antibióticas y, si fuera necesario, tratamiento oral o fototerapia con luz ultravioleta, controlada por el dermatólogo.

Para terminar, es fundamental saber que en el origen y mantenimiento del eczema atópico puede haber un círculo vicioso: el picor induce el rascado y éste produce un daño mecánico, con liberación de moléculas proinflamatorias, que a su vez favorecen el eczema y el picor. De ahí la importancia crucial de intentar evitar el rascado de la piel atópica, aunque esto es difícil, sobre todo en niños pequeños.

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